Claro-Oscuro. Ombra y tenebre

Para Alberti, el origen del claro-oscuro en pintura la podemos hallar en el célebre Zeuxis, ya que fue el primero que supo ponerlo en práctica. También consideraba que “no se le puede dar el título ni de mediano pintor al alguien, que no sepa a fondo la fuerza que puedan tener en todas las superficies, la luz y cada sombra.”

Hoy sabemos que lo claro y lo oscuro fueron las primeras palabras que se crearon cuando nacieron las lenguas. Esto se debe,  a que la distinción entre el día y la noche es más importante que los colores mismos, y fue posteriormente cuando derivaron los nombres para el blanco y el negro.

Se puede observar claramente como en  la poesía de Alcmeón de Crotona en el siglo V a. C,  ya se encuentra esta profunda antítesis entre el blanco y el negro, o entre la oscuridad y la luz.

Leonardo, que fue también un gran seguidor del efecto de las sombras, exponía en el primer boceto del tratado en torno al 1492, que “la sombra es de mayor potencia que la luz”. En este fenómeno tan primordial residía “el carácter universal de las cosas, con sus apariciones diversas, y sus accidentes, su cualidad, su acción sobre el color”. En esta combinación de los dos principios, aparecía el instrumento para conseguir un resultado perfecto en las obras artísticas, porque “lo claro y lo oscuro juntos, son la excelencia de la ciencia de la pintura”.

Para él la sombra era más poderosa que la luz, porque puede privar completamente a los cuerpos de ella , mientras que la luz nunca puede alejar todas las sombras de los cuerpos”. La sombra oscilaba entre la claridad y la oscuridad, y lo mismo podía ser infinitamente oscura, que tener un infinito grado de claridad. Aparte de optar por una escala infinita de sombras, ofrecía pruebas matemáticas de todos sus planteamientos. Esta concepción de la infinitud de las sombras formaba el cimiento filosófico del sfumato, que era el método de la infinita gradación tonal.

Es por esta razón, que sea tan  importante para la pintura  su distinción entre sombra y oscuridad, u “ombra y tenebre”, porque  la sombra es indispensable para la aparición de la belleza que es el fin de la pintura. La sombra, que sobre el plano especulativo es sinónimo de ilusión y falsedad, aparecía en el orden de la pintura como la condición de los efectos más delicados y más refinados, lo cual era reservado para el término gracia.

Los colores que dibujaban tanto la luz como la sombra eran el blanco y el negro. Estos dos mostraban una una serie de características que eran muy apreciadas por los pintores.

El historiador del arte Winckemann consideraba que el blanco era el color más bello, porque era “el que refleja más rayos, es el más sensible a la vista, y por esto la candidez aumenta la belleza de un cuerpo hermoso. E incluso -nos continua explicando- cuando está desnudo, debido a ese candor, parece más grande de lo que en realidad. Esa es la razón, por la que las figuras de yeso sacadas de las estatuas parecen mientras son nuevas, más grandes que los propios originales”.

Con respecto al negro, Largilliere, retratista del S.XVII lo denominaba “la coleur geometral”. Y Cassagne afirmaba con rotundidad que era el color fundamental de la naturaleza, y que junto con los tres primarios formaba una gran variedad de grises,  que se convertirían en un rasgo característico de la paleta de Van Gogh. Éste distinguía en la obra de Hals “por lo menos veintisiete negros distintos”.

Sin embargo, no todos consideraban al blanco y al negro como colores propiamente dichos. Para Leonardo “el blanco en sí, no es un color, sino disposición para cualquier color”. y en esta misma tesitura se pronunciaba Alberti: “la mezcla con el blanco no altera el carácter básico de los colores sino que da origen a las distintas especies de colores como el color negro. Por ello el blanco y el negro no son verdaderos colores sino moderadores de los colores (colorum alterationes)”.

El impresionismo tampoco reconoció al negro como color, y la oscuridad sólo debía ser un efecto óptico y no un color particular, ya que los tonos oscuros debían obtenerse mezclando el azul, el rojo, y el amarillo. Renoir aseverando estos planteamientos, y manteniéndose en esta misma postura aseguraba que “el negro es un color sin color”. “Las sombras no son negras; ninguna sombra es negra (…) siempre tiene un color. La naturaleza sólo conoce colores, y el blanco y el negro no son colores.”.

BIBLIOGRAFÍA:

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